Es un viejo tópico decir que los extremos son malos. Y como en todo tópico, las palabras que lo componen pierden fuerza de tan repetidas. Por eso me detengo a pensar en lo cierta que es esta oración. Por eso creo que merece algunas líneas.
"No es bueno que el hombre continúe solo"
Estas palabras son -según algunos- casi tan antiguas como la humanidad. La evidencia arqueológica al menos nos dice que fueron escritas unos 1.500 años antes de la era cristiana, aunque no elimina -claro está- la posibilidad de que hayan sido pasadas oralmente generación tras generación hasta el día en que se escribieron. No importa. El punto es que señalan a un extremo que el hombre no puede soportar: Estar solo demasiado tiempo.
Por otro lado hay quienes creen que no pueden estar solos. Que el más mínimo momento de soledad los matará. Esto, si lo pensamos bien, no es lo mismo que lo expresado hace miles de años y citado más arriba. Una cosa es decir que la soledad tiene un límite, más allá del cual "no es bueno" estar, y otra cosa es afirmar que la compañía es imprescindible en todo momento. La primera opción admite que la soledad fue buena para el hombre por un tiempo. No era malo que haya estado solo. Era malo que continuara solo.
A pesar de esto son (¿somos?) muchos los que huyen de la soledad, como si esta entrañara el más temible de los horrores, como si en ella habitaran los fantasmas más tenebrosos imaginables. Hasta hace algún tiempo, este deseo extremo de no querer jamás estar solo se satisfacía visitando a los vecinos, haciendo cualquier cosa con tal de conservar una relación de pareja, por disfuncional que fuera, etc. Me atrevo a decir que es de hecho una importante razón para no decir a nuestro cónyuge que tenemos una aventura extramarital: No queremos estar solos.
Hoy, sin embargo, la tecnología ha entrado en la arena. ¿No es acaso posible que muchos de nosotros pasemos tanto tiempo en redes sociales de Internet sólo para huir de la soledad y no darle ni el más mínimo espacio? ¿Cuán lejos estamos dispuestos a ir en este extremismo?
Aclaro: No digo que juntarse con los vecinos, luchar por una buena relación de pareja, o pasar tiempo en las redes sociales sea en sí mismo síntoma de desequilibrio. Para nada. Lo que sí digo es que el terror a la soledad bien pudiera ser el factor que nos empuje a hacer esas cosas, en lugar de un motivo más elevado.
La soledad, en su justa medida, es buena.
Recordemos que todos los extremos son malos. ¿Estás dispuesto a mentir para no estar solo? Una vez más diré: ¿Hasta dónde serías capaz de llegar para no sentirte solo jamás?
Somos complejos los humanos
domingo, 25 de julio de 2010
jueves, 20 de mayo de 2010
El Zorro y Jeremías: ¿quién tiene razón?
Hace un par de días planteé la contradicción que se nos aparece cuando juntamos la declaración de El Zorro de El Principito y la de Jeremías, el profeta judío del siglo VII aEC. (Ver)
El primero dice que sólo se puede ver bien con el corazón. Que las cosas de verdadera importancia sólo son visibles con el corazón, no con los ojos. Y en vista de la evidencia, tomamos esa idea como verdad.
El segundo dijo que el corazón es traicionero. Demostramos también la veracidad de esa declaración.
¿Es posible que ambas sentencias sean ciertas? ¿Cómo pueden ser verdad dos ideas tan dispares?
Pueden ser verdaderas las dos por una razón muy sencilla: No son ideas dispares, sino complementarias. ¿Puedo mostrarles por qué?
El corazón es capaz de percibir realidades que los ojos no pueden ver: La sinceridad, la ternura, la injusticia, el celo, la devoción, el amor. Obvio, el corazón se sirve de los sentidos, entre ellos la vista, para llegar a esas conclusiones, para obtener esa información no superficial.
Esta capacidad, sin embargo, no lo libra de un tremendo defecto: El corazón es traicionero. Es decir, de pronto -impredecible como un niño taimado- nos empuja a hacer lo que hasta hace poco consideraba indeseable, inaceptable o simplemente carente de todo interés. Repentinamente descubrimos que ya no la amamos, o de súbito encontramos que queremos a otra persona por pareja, o que la religión que seguíamos no nos interesa ya, o que el ateísmo que defendíamos con tanto orgullo no nos produce la fascinación que ahora nos produce la devoción. ¿Qué demonios nos pasa en esos momentos?
... Nuestro corazón "nos traicionó".
Eso no significa necesariamente que el corazón se haya equivocado. Lo que ocurre es que nuestros sentimientos cambiaron y el corazón no se tomó la molestia de avisarnos cuando el proceso de cambio comenzó, a tiempo para hacer algo al respecto. Nos encontramos con el cuadro ya formado de forma imprevista. Es como haberle ocultado a tu madre las malas notas del colegio todo el año... y dejar que se entere de que repetimos de curso sólo en la última reunión de apoderados. Esa es la traición del corazón: No avisarnos a tiempo para permitirnos moldear nuestros sentimientos.
Por lo tanto, ambas declaraciones son ciertas. El corazón es un instrumento increíblemente sensible que capta lo que los ojos, el oído, el tacto, el gusto, el olfato y la mismísima razón no percibieron por sí solas. Fue el corazón el que sumó la sonrisa, el tono de voz, el aroma a rosas, y las palabras inteligentes y las transformó en un sentimiento hacia esa persona. Los sentidos y la razón hicieron lo suyo, pero en su propio reducido ámbito: Captaron un pedazo de información, nada más. Fue el corazón el que sumó esos factores y produjo un cuadro completo. Y no nos avisó, no se lo comunicó a la razón, sino hasta que el sentimiento era demasiado fuerte como para ignorarlo, contrarrestarlo o combatirlo. ¡Maldito corazón traicionero!
Quiero dejar claro que ese sentimiento puede ser correcto (amar a la madre) o incorrecto (odiar al hermano). La naturaleza del sentimiento no es la base que tenemos para llamar traicionero al corazón. Es el hecho de no habernos advertido de la "bomba de tiempo" que estaba armándose en nuestro interior: El sentimiento que afloraría irremediablemente después.
El tío Jeremías dijo que el corazón era desesperado. Creo que se refería a que una vez que ha formado y consolidado un sentimiento insiste en afirmar que no seremos felices si no obedecemos lo que ese sentimiento nos dicta. Es decir, nos desesperamos por cumplir los deseos que ese nuevo sentimiento nos produce. "Sin ella no soy feliz", "Moriría sin ti", "si me quedo viviendo en esta casa con mi esposa y mis hijos, no seré feliz. Tengo que irme con [Agregue aquí el nombre de la futura pareja]"
Es desesperado al dar a un sentimiento la condición de fuente de la felicidad. En eso, el 99.999% de las veces se equivoca.
Me he extendido demasiado. Creo que con esto que se ha dicho se hace un poco más fácil, no sólo entender cómo dos ideas aparentemente en conflicto pueden ser ciertas al mismo tiempo, sino -más importante y práctico- cómo ver y qué tratamiento dar a lo que el corazón nos dicta. Me extenderé en esto último en una próxima ocasión.
Somos seres muy complejos los humanos.
El primero dice que sólo se puede ver bien con el corazón. Que las cosas de verdadera importancia sólo son visibles con el corazón, no con los ojos. Y en vista de la evidencia, tomamos esa idea como verdad.
El segundo dijo que el corazón es traicionero. Demostramos también la veracidad de esa declaración.
¿Es posible que ambas sentencias sean ciertas? ¿Cómo pueden ser verdad dos ideas tan dispares?
Pueden ser verdaderas las dos por una razón muy sencilla: No son ideas dispares, sino complementarias. ¿Puedo mostrarles por qué?
El corazón es capaz de percibir realidades que los ojos no pueden ver: La sinceridad, la ternura, la injusticia, el celo, la devoción, el amor. Obvio, el corazón se sirve de los sentidos, entre ellos la vista, para llegar a esas conclusiones, para obtener esa información no superficial.
Esta capacidad, sin embargo, no lo libra de un tremendo defecto: El corazón es traicionero. Es decir, de pronto -impredecible como un niño taimado- nos empuja a hacer lo que hasta hace poco consideraba indeseable, inaceptable o simplemente carente de todo interés. Repentinamente descubrimos que ya no la amamos, o de súbito encontramos que queremos a otra persona por pareja, o que la religión que seguíamos no nos interesa ya, o que el ateísmo que defendíamos con tanto orgullo no nos produce la fascinación que ahora nos produce la devoción. ¿Qué demonios nos pasa en esos momentos?
... Nuestro corazón "nos traicionó".
Eso no significa necesariamente que el corazón se haya equivocado. Lo que ocurre es que nuestros sentimientos cambiaron y el corazón no se tomó la molestia de avisarnos cuando el proceso de cambio comenzó, a tiempo para hacer algo al respecto. Nos encontramos con el cuadro ya formado de forma imprevista. Es como haberle ocultado a tu madre las malas notas del colegio todo el año... y dejar que se entere de que repetimos de curso sólo en la última reunión de apoderados. Esa es la traición del corazón: No avisarnos a tiempo para permitirnos moldear nuestros sentimientos.
Por lo tanto, ambas declaraciones son ciertas. El corazón es un instrumento increíblemente sensible que capta lo que los ojos, el oído, el tacto, el gusto, el olfato y la mismísima razón no percibieron por sí solas. Fue el corazón el que sumó la sonrisa, el tono de voz, el aroma a rosas, y las palabras inteligentes y las transformó en un sentimiento hacia esa persona. Los sentidos y la razón hicieron lo suyo, pero en su propio reducido ámbito: Captaron un pedazo de información, nada más. Fue el corazón el que sumó esos factores y produjo un cuadro completo. Y no nos avisó, no se lo comunicó a la razón, sino hasta que el sentimiento era demasiado fuerte como para ignorarlo, contrarrestarlo o combatirlo. ¡Maldito corazón traicionero!
Quiero dejar claro que ese sentimiento puede ser correcto (amar a la madre) o incorrecto (odiar al hermano). La naturaleza del sentimiento no es la base que tenemos para llamar traicionero al corazón. Es el hecho de no habernos advertido de la "bomba de tiempo" que estaba armándose en nuestro interior: El sentimiento que afloraría irremediablemente después.
El tío Jeremías dijo que el corazón era desesperado. Creo que se refería a que una vez que ha formado y consolidado un sentimiento insiste en afirmar que no seremos felices si no obedecemos lo que ese sentimiento nos dicta. Es decir, nos desesperamos por cumplir los deseos que ese nuevo sentimiento nos produce. "Sin ella no soy feliz", "Moriría sin ti", "si me quedo viviendo en esta casa con mi esposa y mis hijos, no seré feliz. Tengo que irme con [Agregue aquí el nombre de la futura pareja]"
Es desesperado al dar a un sentimiento la condición de fuente de la felicidad. En eso, el 99.999% de las veces se equivoca.
Me he extendido demasiado. Creo que con esto que se ha dicho se hace un poco más fácil, no sólo entender cómo dos ideas aparentemente en conflicto pueden ser ciertas al mismo tiempo, sino -más importante y práctico- cómo ver y qué tratamiento dar a lo que el corazón nos dicta. Me extenderé en esto último en una próxima ocasión.
Somos seres muy complejos los humanos.
lunes, 17 de mayo de 2010
No soy cardiólogo pero hablaré del corazón
"He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos" (El Zorro hablando a El Principito en El Principito de Antoine Saint-Exupéry)
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Respondí (o creo haber respondido) esta cuestión en mi siguiente entrada
Esta famosa sentencia expresa muy bien una verdad que muchos hemos sentido y palpado: Hay cosas que sólo el corazón puede entender. Muchos enamorados concordarán con esta idea y la celebrarán pensando en su otra mitad... lo cierto es que -aunque no lo descarta- el contexto de estas palabras que El Zorro dirige a El Principito muestra claramente que él no hablaba sólo de amor de pareja, sino de algo mucho más abarcador: De la vida en general. Muchas veces me he encontrado con este tipo de cosas en el camino... No las he podido ver con los ojos, pero las he visto con el corazón.
Por lo tanto, no trepido en decir que esta idea es cierta.
Sin embargo, he comprobado dolorosamente también -y supongo que no soy el único- la veracidad de otra famosa declaración. Menos literaria, menos poética, menos artística... pero no menos cierta:
"El corazón es más traicionero que cualquier otra cosa y es desesperado. ¿Quién puede conocerlo?" (Jeremías, profeta judío del siglo VII aEC)
Millones de divorcios, rupturas, peleas, quiebras financieras, etc. a lo largo de la historia y hasta hoy mismo, mientras escribo (y mientras lees) demuestran la veracidad de esta sentencia también. ¿Cuántas veces no hemos creído sentir algo y al tiempo después vemos que ese sentimiento no era tan permanente como creíamos? "Creo que me dejé llevar... en verdad, nunca la amé", "es que era tan linda, que no pude resistirme", "la posibilidad era muy tentadora, y ahora estoy pagando las consecuencias..." ¿Suenan familiares esas frases? ¿Y qué me dicen de esta? "No, es que en ese tiempo yo era un niño chico.. eso no era amor ¡Pero ahora es diferente! Esto sí que es amor!"... ¿De verdad? ¿Cómo lo sabes?
Lo siento, el corazón es traicionero. Esta idea, me temo, también es verdad.
¿Cómo conciliamos entonces estas dos "verdades" aparentemente antagónicas y contrapuestas? ¿Es traicionero el corazón? Si es así ¿cómo es posible que sólo con él se pueda ver bien? Dicho de otra forma: ¿Le hago caso a todo lo que me dicta el corazón? ¿Confío en él? ¿O debiese verlo como un traicionero, y por lo tanto desconfiar de cada cosa que me "diga" o "dicte"? ("¿Me la juego con ella o no me la juego? Mi corazón me dice que sí... ¿confío en él, que es lo que parece sugerir El Zorro a El Principito? ¿O desconfío de él, que es lo que objetivamente me dice Jeremías?")
No contestaré esta pregunta. No hoy. No creo tener la respuesta del todo clara. O quizás la tengo, pero también tengo sueño, no lo sé.
Somos complejos los humanos.
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Respondí (o creo haber respondido) esta cuestión en mi siguiente entrada
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